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Educación financiera para jóvenes: aprender a gestionar el dinero antes de tenerlo

Foto del escritor: Núria Carballo
Núria Carballo
hace 8 horas
12 min de lectura

En una sociedad que promete ingresos fáciles, enseñar a los jóvenes a administrar sus recursos, ahorrar e invertir debería ser una prioridad educativa.

Educación financiera para  jóvenes
Educación financiera para jóvenes

Aprendemos matemáticas, historia, literatura, idiomas y ciencias. Nos enseñan a resolver ecuaciones, analizar textos y comprender acontecimientos que cambiaron el mundo.

Pero hay una pregunta bastante más cotidiana que continúa sin encontrar un espacio suficientemente sólido en nuestra educación: ¿quién nos enseña a gestionar el dinero?

No hablamos de formar pequeños inversores ni de convertir a los adolescentes en expertos financieros antes de terminar la secundaria.

Hablamos de algo mucho más elemental.

Comprender cuánto cuesta vivir. Saber qué diferencia existe entre gastar y endeudarse. Entender qué significa un tipo de interés, cómo funciona un préstamo, por qué es importante ahorrar y de qué manera podemos invertir nuestros recursos con criterio.

Porque tarde o temprano todos tendremos que tomar decisiones económicas.

Y resulta bastante extraño que una responsabilidad tan importante dependa, en gran medida, de lo que hayamos aprendido en casa, de nuestra propia curiosidad o, en el peor de los casos, de nuestros errores.


España: conocimientos básicos, pero dificultades ante las decisiones financieras complejas


Los datos ayudan a dimensionar el problema.

Según los resultados de competencia financiera de PISA 2022, publicados por la OCDE en junio de 2024, los estudiantes españoles de 15 años obtuvieron una puntuación media de 486 puntos, frente a los 498 puntos de media de la OCDE entre los participantes.

España se situó por debajo de países como Dinamarca, Países Bajos, Austria y Polonia.

La comparación, no obstante, corresponde únicamente a las veinte economías participantes en esta evaluación específica, no a una clasificación mundial.

El 17 % de los estudiantes españoles no alcanzó el nivel básico de competencia financiera, frente al 18 % de media de la OCDE.

Y solamente el 5 % consiguió situarse en el nivel más alto de rendimiento, frente al 11 % de media.

Este último dato resulta especialmente relevante: los estudiantes con mayor competencia financiera son capaces de analizar productos complejos, resolver problemas poco habituales e identificar situaciones potencialmente fraudulentas.

España mejoró 17 puntos respecto a 2015, pero sus resultados muestran que todavía existe margen para desarrollar habilidades económicas más avanzadas.

Y conocer el significado de un presupuesto no equivale necesariamente a saber construir uno.


Comprar por internet antes de comprender el interés compuesto


Hay un dato que merece detenerse a pensar.

El 85 % de los estudiantes españoles de 15 años había realizado alguna compra por internet, individualmente o con su familia, durante los doce meses anteriores a la evaluación.

Sin embargo, solamente el 21 % declaró haber aprendido en el colegio qué es el interés compuesto y seguir recordándolo.

Los porcentajes eran todavía menores para otros conceptos:

  • El 19 % afirmaba haber aprendido y recordar qué es la diversificación.

  • El 18 % decía conocer el significado del rendimiento de una inversión.

  • El 9 % recordaba haber aprendido qué es la depreciación.

En cambio, los conceptos más reconocidos eran el salario, con un 75 %, y el presupuesto, con un 70 %.

La diferencia es reveladora.

Los adolescentes se relacionan con el consumo digital, los precios, las promociones y los medios de pago mucho antes de dominar algunas de las herramientas necesarias para comprender las decisiones financieras que tomarán después.

No se trata de que comprar por internet sea perjudicial. Se trata de que el acceso al consumo avanza más deprisa que la formación económica.

Y el problema no desaparece automáticamente al cumplir dieciocho años.


¿Qué hacen otros países?

España no es el único país que se enfrenta a este desafío. Pero algunos sistemas educativos han incorporado la educación financiera de manera más explícita.


Inglaterra: finanzas dentro de la educación cívica

Desde septiembre de 2014, la educación financiera forma parte del currículo nacional inglés dentro de la asignatura de ciudadanía para estudiantes de aproximadamente 11 a 16 años, además de su presencia en matemáticas.

La medida se aplica a los centros públicos sujetos al currículo nacional, aunque no todos los tipos de centros están obligados a seguirlo.

Es un ejemplo de integración de las finanzas personales en la formación general del alumnado, sin necesidad de convertirlas en una especialización profesional.


Portugal: una competencia vinculada a la ciudadanía

Portugal ha incorporado la educación financiera a sus programas de educación para la ciudadanía y cuenta con un marco nacional de referencia específico.

Su planteamiento relaciona las decisiones económicas con la participación responsable en la sociedad.

La aplicación concreta de estos contenidos depende de las disposiciones curriculares y de la organización educativa correspondiente.


Finlandia: aprender finanzas en distintas materias

En Finlandia, la educación financiera se trabaja mediante asignaturas como matemáticas, economía doméstica y estudios sociales.

No existe necesariamente una asignatura independiente dedicada exclusivamente a las finanzas personales durante la educación básica.

Sin embargo, el país obtuvo 537 puntos en la evaluación PISA de competencia financiera de 2018, un resultado destacado entre los participantes de aquella edición.

Esto no demuestra que su currículo sea la única causa de ese rendimiento, pero sí permite observar que una enseñanza integrada puede acompañarse de buenos niveles de competencia financiera.


Estados Unidos: requisitos que dependen del estado

La educación financiera también ha ganado terreno en Estados Unidos.

Numerosos estados han introducido requisitos de formación en finanzas personales para obtener el diploma de secundaria.

No existe un único modelo nacional: la duración, los contenidos y las condiciones varían según el estado.

La expansión de estos programas refleja una preocupación creciente por preparar a los estudiantes para gestionar sus recursos.

La conclusión es sencilla: existen diferentes maneras de incorporar las finanzas personales a la educación, y varios países ya las utilizan.

La cuestión no es únicamente incluir contenidos en el currículo.

Es conseguir que los jóvenes sepan aplicarlos.


¿Y qué ocurre exactamente en las aulas españolas?


España cuenta desde 2008 con un Plan de Educación Financiera impulsado por el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores.

Además, la legislación educativa incorpora competencias económicas y financieras de manera transversal.

En primaria aparecen principalmente vinculadas a matemáticas y otras áreas de conocimiento.

En secundaria también se abordan desde distintas asignaturas, mientras que en cuarto de ESO existen materias optativas como Economía y Emprendimiento.

En Bachillerato, la presencia de contenidos económicos depende de la modalidad y de las asignaturas elegidas.

Por tanto, sería incorrecto afirmar que en España no se enseña absolutamente nada de educación financiera.

Se enseña.

Lo que no existe es una asignatura específica y obligatoria de educación financiera personal para todo el alumnado a lo largo de su formación.

Y ahí aparece una cuestión importante: aprender a gestionar el dinero no debería depender exclusivamente del itinerario académico que elija un estudiante.

Quien estudia ciencias, artes, humanidades o formación profesional tendrá igualmente que administrar ingresos, pagar gastos, comprender contratos y tomar decisiones económicas.

La gestión del dinero no es una competencia reservada a quienes quieren dedicarse a la economía.

Es una competencia para vivir.


La educación financiera no consiste en aprender a hacerse rico


Vivimos en una época en la que las redes sociales están llenas de tutoriales sobre cómo ganar dinero, emprender o generar ingresos adicionales.

Algunos contenidos ofrecen conocimientos útiles. Otros presentan realidades económicas complejas como si bastara con seguir unos cuantos pasos para obtener resultados extraordinarios.

Y aunque aprender a generar ingresos es importante, resulta igualmente necesario enseñar a los jóvenes qué hacer con ellos una vez que los consiguen.

Porque ganar dinero no es lo mismo que saber gestionarlo, y una mayor capacidad de ingresos no garantiza, por sí sola, una mejor situación económica.

Podemos ganar más y gastar más. Mejorar nuestro salario y asumir compromisos cada vez mayores. Empezar a facturar cantidades importantes y descubrir que, después de cubrir todos los gastos, apenas queda nada.

Por eso, la educación financiera debería enseñar desde edades tempranas a distribuir los ingresos, controlar los gastos, crear un fondo de ahorro y comprender cómo funciona la inversión.

Aprender a distinguir entre el dinero disponible para consumir, el que conviene reservar para imprevistos y el que puede destinarse a inversiones adecuadas a nuestros objetivos, plazos y capacidad de asumir riesgos.

Entender el interés compuesto, la diversificación y la diferencia entre rentabilidad y riesgo debería formar parte de esa formación.

Porque también debemos enseñar a nuestros hijos que el beneficio no es simplemente dinero disponible para gastar.

Es una oportunidad para construir estabilidad, reinvertir, desarrollar proyectos y preparar el futuro.

De poco sirve aprender a generar ingresos si cada aumento se traduce automáticamente en mayores gastos.

La verdadera educación económica consiste en comprender cómo administrar lo que ganamos para que nuestro esfuerzo no se limite a financiar el presente, sino que también nos permita construir el mañana.


Jóvenes que ya invierten: cuando el acceso llega antes que el conocimiento


El debate sobre la educación financiera adquiere una dimensión especialmente interesante cuando observamos lo que está ocurriendo entre los jóvenes adultos.

La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) realizó en octubre de 2025 una encuesta a 3.000 jóvenes españoles de entre 18 y 30 años para analizar su relación con las inversiones y las redes sociales.

Los resultados muestran una realidad que merece atención.

El 31 % de los encuestados tenía dinero invertido y aproximadamente uno de cada tres había realizado alguna inversión durante los doce meses anteriores.

Más de la mitad de quienes invertían manejaba cantidades inferiores a 1.000 euros.

Hasta aquí, el dato no tiene por qué ser negativo. Que los jóvenes se interesen por el ahorro y la inversión puede representar una oportunidad para desarrollar hábitos financieros saludables.

El problema aparece cuando analizamos cuánto comprenden los productos que utilizan.

Según la misma investigación, el 17 % de los jóvenes encuestados tenía dinero invertido en criptomonedas.

Y entre quienes invertían en ellas, el 40 % reconocía entender poco o nada sobre su funcionamiento.

También se observó que el 32 % utilizaba principalmente las redes sociales para informarse sobre cuestiones financieras, mientras que el 10 % había tomado alguna decisión de inversión siguiendo recomendaciones de creadores de contenido.

Estas cifras no demuestran que todos los jóvenes inversores actúen irresponsablemente.

Pero sí ponen de manifiesto una cuestión fundamental: la facilidad de acceso a los mercados financieros no garantiza que exista una preparación suficiente para comprender sus riesgos.

En mayo de 2026, la CNMV publicó una guía dirigida a los creadores de contenido financiero para explicar sus responsabilidades y las diferencias entre divulgación, recomendaciones generales y asesoramiento personalizado.

El organismo también ha advertido sobre la necesidad de contrastar la información, identificar posibles conflictos de interés y desconfiar de las promesas de rentabilidades elevadas sin riesgo.

La solución no consiste en desalentar el interés de los jóvenes por invertir.

Consiste en procurar que ese interés vaya acompañado de conocimientos suficientes para tomar decisiones informadas.


¿Y si empezáramos antes de la adolescencia?


No necesitamos esperar a que un joven abra su primera cuenta bancaria para hablarle de dinero.

Durante la infancia pueden introducirse conceptos sencillos mediante situaciones cotidianas: elegir entre dos compras, ahorrar para un objetivo, comprender que los recursos son limitados o distinguir entre necesitar algo y desearlo.

Más adelante, durante la adolescencia, estos conocimientos pueden evolucionar hacia cuestiones más complejas.

Por ejemplo, elaborar un presupuesto mensual realista, interpretar una nómina, comprender la inflación, comparar condiciones bancarias o calcular el coste total de un préstamo.

También debería introducirse el concepto de inversión, explicando que invertir no significa apostar ni perseguir beneficios rápidos, sino destinar recursos a objetivos futuros comprendiendo los riesgos que asumimos.

Un adolescente puede aprender qué diferencia existe entre ahorrar e invertir, cómo influye el tiempo en la acumulación de capital o por qué no es recomendable concentrar todos los recursos en una sola inversión.

No necesita realizar operaciones financieras reales para comprender esos principios.

Y al acercarse a la mayoría de edad, sería especialmente útil conocer las obligaciones económicas que acompañan a un contrato de alquiler, una actividad profesional o la solicitud de financiación.

No hace falta convertir las aulas en sucursales bancarias.

Hace falta conectar el aprendizaje con la vida.

Un ejercicio sobre cómo distribuir un sueldo de 1.200 euros entre vivienda, alimentación, transporte, ahorro e imprevistos puede enseñar tanto sobre economía cotidiana como muchas explicaciones abstractas.

Especialmente cuando el alumnado descubre que las cuentas no siempre salen como esperaba.


La familia importa. Pero no debería ser la única escuela


Los resultados de PISA también muestran una relación entre las conversaciones familiares sobre dinero y los conocimientos financieros de los estudiantes.

En España, el 84 % de los adolescentes afirmaba hablar con sus padres al menos una vez al mes sobre el dinero necesario para comprar cosas que deseaba.

El 76 % conversaba sobre sus decisiones de ahorro y el mismo porcentaje sobre compras por internet.

Los estudiantes que mantenían conversaciones periódicas sobre determinadas decisiones económicas tendían a obtener mejores resultados en competencia financiera.

Pero existe una limitación evidente.

No todas las familias disponen de los mismos conocimientos, experiencias o recursos.

Algunos jóvenes crecen en hogares donde se habla habitualmente de ahorro, presupuestos y planificación.

Otros apenas tienen ocasión de conocer esos conceptos.

Y hay familias que afrontan dificultades económicas sin contar con herramientas suficientes para gestionarlas.

Precisamente por eso, la educación financiera también puede desempeñar una función de igualdad de oportunidades.

La escuela no debería sustituir a la familia, pero sí garantizar que el acceso a conocimientos esenciales no dependa exclusivamente del entorno en el que hemos nacido.


La evidencia: diez horas de formación pueden marcar diferencias


La utilidad de enseñar finanzas personales no es únicamente una cuestión de opinión.

Una investigación del Banco de España, realizada con aproximadamente 3.000 estudiantes de tercero de ESO de 78 centros educativos, analizó los efectos de un programa de educación financiera de diez horas durante el curso 2014-2015.

Los contenidos incluían presupuestos familiares, relaciones con entidades bancarias, productos de ahorro y consecuencias de las decisiones de endeudamiento.

La evaluación utilizó un diseño experimental con asignación aleatoria del momento en que los estudiantes recibían la formación.

Los resultados mostraron mejoras en los conocimientos financieros.

Inmediatamente después del programa, los alumnos que habían recibido la formación obtuvieron resultados superiores a los del grupo de comparación en una magnitud equivalente al 16 % de una desviación estándar.

También mostraron una mayor disposición a conversar sobre asuntos económicos en casa y a elegir opciones de ahorro a más largo plazo en determinados ejercicios.

Tres meses después, en una prueba de decisiones de ahorro con incentivos, los participantes tendían a destinar menos recursos al consumo inmediato.

Los resultados fueron especialmente relevantes en determinados indicadores de estudiantes procedentes de entornos socioeconómicos menos favorecidos.

Diez horas no garantizan una buena gestión financiera durante toda la vida.

Pero sí demuestran que la educación puede producir mejoras medibles en conocimientos y decisiones.

Y si un programa breve puede ayudar, merece la pena preguntarse qué podría conseguir una formación progresiva y bien diseñada a lo largo de los años escolares.



También necesitamos enseñar a comprender el coste de emprender


Hay otra dimensión que merece especial atención.

Cada vez hablamos más de emprendimiento, creatividad, innovación y desarrollo de proyectos propios.

Animamos a los jóvenes a tener ideas, crear negocios y buscar oportunidades.

Pero emprender no consiste únicamente en tener una buena idea.

También significa saber calcular costes, establecer precios, prever impuestos, controlar la tesorería, comprender los márgenes y distinguir entre facturación y beneficio.

Un negocio puede vender mucho y ganar muy poco.

Puede tener clientes satisfechos y, aun así, resultar económicamente inviable.

Puede crecer en actividad mientras pierde capacidad financiera.

Y esas realidades deberían formar parte de la educación económica de cualquier joven que se plantee trabajar por cuenta propia.

También debería enseñarse a gestionar correctamente el beneficio.

Porque cuando un negocio empieza a generar ganancias, surge una decisión fundamental: cuánto destinar al consumo personal, cuánto reservar para imprevistos y cuánto reinvertir en el crecimiento de la actividad.

Reinvertir no significa gastar indiscriminadamente en el negocio.

Significa analizar qué inversiones pueden mejorar su productividad, su rentabilidad o su capacidad de crecimiento, sin comprometer su estabilidad económica.

Es una distinción que puede marcar la diferencia entre una actividad que simplemente genera ingresos y una empresa capaz de sostenerse a largo plazo.

Porque enseñar emprendimiento sin enseñar gestión financiera es ofrecer solamente una parte de la historia.

La creatividad permite construir un proyecto.

La gestión económica ayuda a sostenerlo.


Aprender a gestionar el dinero también significa aprender a decidir


La educación financiera no debería convertirse en una invitación a vivir obsesionados con el ahorro, ni en una fórmula para medir el éxito personal por el patrimonio acumulado.

El dinero es una herramienta.

Sirve para cubrir necesidades, desarrollar proyectos, afrontar imprevistos y, también, disfrutar de la vida.

Comprenderlo nos permite tomar decisiones más conscientes.

Decidir cuándo gastar, cuándo ahorrar, cuándo invertir, cuándo asumir un riesgo y cuándo es preferible esperar.

Y comprender que una decisión económicamente responsable no siempre significa elegir la opción más barata.

A veces significa invertir en formación.

O pagar por un servicio profesional.

O reservar una parte de nuestros ingresos para disfrutar de aquello que realmente nos importa.

La educación financiera no consiste en enseñarnos a decir que no a todo.

Consiste en ayudarnos a comprender a qué estamos diciendo que sí.


Una asignatura pendiente que nos acompaña toda la vida


Quizá ha llegado el momento de dejar de considerar la educación financiera como un conocimiento complementario.

No todos los estudiantes serán empresarios, economistas o inversores.

Pero prácticamente todos tendrán que administrar dinero, asumir compromisos económicos y tomar decisiones que afectarán a su futuro.

Y cuanto antes dispongan de herramientas para hacerlo, más oportunidades tendrán de actuar con criterio.

España ha avanzado en la incorporación de contenidos financieros al sistema educativo. Sin embargo, los resultados internacionales muestran que todavía existe un margen importante para mejorar su comprensión y aplicación.

No se trata de añadir otra materia por añadirla.

Se trata de preguntarnos qué conocimientos necesita realmente una persona para desenvolverse en la vida adulta.

Porque podemos salir del colegio sabiendo resolver una ecuación compleja y encontrarnos, pocos años después, sin entender las condiciones de un préstamo.

Podemos conocer perfectamente el funcionamiento de una empresa en teoría y no saber calcular si nuestro propio trabajo resulta rentable.

Podemos aprender a ganar dinero y descubrir demasiado tarde que no sabemos ahorrar, invertir o administrar los beneficios de nuestro esfuerzo.

Y podemos descubrir demasiado tarde que los errores económicos también se pagan con tiempo, oportunidades y tranquilidad.

La educación financiera no debería comenzar cuando aparece el primer problema económico. Debería comenzar mucho antes, cuando todavía estamos a tiempo de aprender sin tener que pagar las consecuencias.

Tal vez enseñar a gestionar el dinero no sea la asignatura más emocionante del mundo.

Pero pocas tendrán tanta presencia en nuestra vida.

Y eso, francamente, debería ser motivo suficiente para tomársela en serio.


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Fuentes y documentación

OCDE — PISA 2022, competencia financiera en España (publicado en 2024)

Resultados de estudiantes de 15 años, niveles de competencia, conceptos aprendidos, consumo digital y conversaciones familiares.

OCU — Jóvenes e inversión (encuesta de octubre de 2025)

Investigación con 3.000 jóvenes españoles de 18 a 30 años sobre inversiones, redes sociales y comprensión de productos financieros.

OCU Inversiones — El espejismo del dinero fácil en redes sociales (12 de diciembre de 2025)

Análisis de los resultados de la investigación y de los riesgos asociados a las recomendaciones financieras en internet.

CNMV — Guía «Finfluencers: cómo actuar con responsabilidad» (25 de mayo de 2026)

Documento sobre recomendaciones de inversión, asesoramiento personalizado, promoción de productos y responsabilidades de los creadores de contenido financiero.

Banco de España — Investigación experimental sobre educación financiera en secundaria

Estudio de Bover, Hospido y Villanueva sobre los efectos de diez horas de formación en aproximadamente 3.000 estudiantes.

Banco de España y CNMV — Plan de Educación Financiera

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